Justo cuando comenzábamos a comprender el ecosistema de Spotify, sale a la luz que su CEO y cofundador, Daniel Ek, a través de su firma de inversión Prima Materia, ha destinado cientos de millones de euros a Helsing. Esta es una empresa de tecnología de defensa que desarrolla inteligencia artificial para usos militares, incluyendo drones de combate y software de vigilancia.
Si bien esto podría ser un dato de relativa importancia en el caso de otra empresa, con Spotify es diferente. La música no es un ente vacío; estamos hablando de una plataforma cultural que da voz a millones de músicos, quienes a su vez tienen posturas y convicciones muy variadas.
La frase ‘la guerra está a un click de distancia’ cobra un nuevo y literal significado. El dinero de las suscripciones y las reproducciones financia directamente la optimización de maquinaria bélica. Es una ironía macabra pensar que el dinero de un usuario podría regresar a él en forma de misil.
Para los músicos, que ya reciben exiguas regalías por su trabajo, la noticia agrava la situación: sienten que su arte está siendo utilizado para fortalecer el poderío militar, mientras sus opiniones son ignoradas. La contradicción es evidente: un músico que promueve la paz con sus canciones está, sin saberlo, contribuyendo a la industria de la guerra.
Artistas como Rubén Albarrán, vocalista de Café Tacuba o King Gizzard & The Lizard Wizard ya alzaron la voz, llamando a retirar la música de la plataforma. La pregunta es que tan dependiente es la industria musical de Spotify o si seremos capaces de avanzar a un siguiente modelo que le de mas libertad, ganancias y visibilidad a los musicos.



